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Descripción
El mar siguió moviéndose como siempre. Las olas entraban y salían, borrando huellas, mezclando arena y agua, como si nada hubiera ocurrido. La noche volvió a ser solo noche. El viento, solo viento. Pero algo había cambiado.
No en el cielo.
No en el mar.
No en los médanos.
Adentro.
Entender el propio límite es más difícil que ejercer poder.
Porque el poder seduce.
El límite ordena.
La verdadera justicia no está en decidir sobre otros.
Está en saber hasta dónde llega uno.
Desde entonces, ya no busco señales.
Camino.
Escucho.
Y cuando algo me llama, primero pregunto:
—¿Esto me corresponde?—
Daniel Alejandro Morales
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